The Girl with Green Eyes: cuando Matisse dejó que el color hablara

The Girl with Green Eyes de Henri Matisse, 1908. Retrato de una mujer con sombrero azul y prenda rojo-anaranjada, sobre un fondo de colores intensos.
The Girl with Green Eyes (La fille aux yeux verts), Henri Matisse, 1908. San Francisco Museum of Modern Art (SFMOMA).

Hay retratos que intentan decirnos quién es una persona. Y hay otros que hacen algo mucho más interesante: nos obligan a preguntarnos qué estamos viendo.

The Girl with Green Eyes, pintada por Henri Matisse en 1908, pertenece a esa segunda categoría.

La joven aparece de frente, casi inmóvil. Nos mira directamente. Lleva un sombrero de formas superpuestas, un cuello blanco que enmarca su rostro y una prenda de un rojo-anaranjado intenso. A su alrededor, el estudio parece haberse convertido en un escenario de verdes, azules, amarillos, cerámicas y formas decorativas.

Nada está dispuesto para pasar desapercibido.

Y, sin embargo, lo primero que buscamos son sus ojos.

El color antes que la realidad

A comienzos del siglo XX, Matisse estaba participando en una transformación radical de la pintura. El color ya no tenía por qué obedecer fielmente a aquello que existía frente al artista.

Podía exagerarse. Podía contradecir la naturaleza. Podía convertirse en estructura, ritmo y emoción.

En The Girl with Green Eyes, el rostro no está construido mediante delicadas transiciones de luz y sombra. Matisse utiliza áreas de color, contornos oscuros y contrastes muy marcados para darle forma.

Los verdes conversan con los rojos. Los azules atraviesan el fondo. El blanco del cuello separa la cabeza del cuerpo casi como si fuera un elemento arquitectónico.

El resultado no pretende ser una ilusión perfecta de realidad.

Pretende ser una pintura.

Y Matisse quiere que nunca olvidemos que estamos frente a una superficie cubierta de color.

Una mujer y, al mismo tiempo, una composición

Lo fascinante del cuadro es la tensión que existe entre la modelo y todo lo que la rodea.

Normalmente esperamos que, en un retrato, el fondo acompañe a la figura principal. Aquí sucede algo diferente. El fondo compite con ella.

Las cerámicas, los patrones, las curvas y los grandes bloques cromáticos reclaman nuestra atención casi con la misma intensidad que el rostro.

SFMOMA describe precisamente esta relación como una de las características más particulares de la obra: figura y fondo parecen competir por dominar la composición, pero al mismo tiempo están unidos mediante formas y ritmos que se repiten.

La curva del rostro encuentra ecos en otros objetos de la pintura. Los colores reaparecen de una zona a otra. Nada funciona de manera aislada.

La joven no está simplemente colocada delante de un escenario.

Forma parte de él.

¿Quién es la chica de los ojos verdes?

Quizá una de las cosas más intrigantes del cuadro sea precisamente lo poco que sabemos de ella al mirarla.

Está muy cerca de nosotros. Podemos observar su rostro, sus labios, el sombrero, la ropa. Su mirada es frontal y aparentemente directa.

Pero su personalidad permanece inaccesible.

Matisse no parece interesado en ofrecernos una historia psicológica detallada de la modelo. El retrato no busca explicarla.

En cierto sentido, la joven se convierte en otro elemento dentro de la construcción visual: rostro, color, línea y forma.

Eso produce una contradicción maravillosa.

Cuanto más la miramos, menos sentimos que podemos conocerla.

Después de los Fauves

Cuando Matisse pintó esta obra en 1908, ya había protagonizado uno de los grandes escándalos del arte moderno.

Pocos años antes, él y otros artistas habían recibido el nombre de les fauves — “las fieras” — por utilizar colores intensos y poco naturalistas. Para muchos espectadores de la época, aquellas pinturas parecían violentar todas las reglas del buen gusto.

Pero para Matisse, el color no era una provocación gratuita.

Era un lenguaje.

En The Girl with Green Eyes todavía encontramos esa libertad cromática asociada al fauvismo, pero existe también una sensación de orden cada vez mayor. La figura está perfectamente contenida dentro de la composición y el color, por exuberante que sea, responde a una estructura.

No estamos viendo simplemente una explosión cromática.

Estamos viendo a un artista aprendiendo a organizar el mundo a través del color.

Mirar sin buscar una explicación

Quizá por eso la obra sigue resultando tan contemporánea.

Estamos acostumbrados a buscar significado inmediatamente. Queremos saber quién es la mujer, qué siente, qué representan los objetos, por qué sus ojos son verdes.

Matisse nos propone otra posibilidad.

Mirar antes de interpretar.

Observar cómo un naranja cambia cuando se encuentra junto a un verde. Cómo una línea negra puede construir un rostro. Cómo una figura humana puede fundirse con un fondo sin desaparecer. Cómo un retrato puede hablarnos de una persona sin contarnos prácticamente nada sobre ella.

The Girl with Green Eyes no necesita resolver el misterio de su protagonista.

Su verdadero tema quizá sea otro: el placer de mirar y descubrir que el color también puede pensar.

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